Install Steam
sign in
|
language
简体中文 (Simplified Chinese)
繁體中文 (Traditional Chinese)
日本語 (Japanese)
한국어 (Korean)
ไทย (Thai)
Български (Bulgarian)
Čeština (Czech)
Dansk (Danish)
Deutsch (German)
Español - España (Spanish - Spain)
Español - Latinoamérica (Spanish - Latin America)
Ελληνικά (Greek)
Français (French)
Italiano (Italian)
Bahasa Indonesia (Indonesian)
Magyar (Hungarian)
Nederlands (Dutch)
Norsk (Norwegian)
Polski (Polish)
Português (Portuguese - Portugal)
Português - Brasil (Portuguese - Brazil)
Română (Romanian)
Русский (Russian)
Suomi (Finnish)
Svenska (Swedish)
Türkçe (Turkish)
Tiếng Việt (Vietnamese)
Українська (Ukrainian)
Report a translation problem

Mexico
Y cada vez que veo a alguien en la calle hablando solo, o buscando en el suelo, me acerco. Le pregunto si ha comido. Porque tal vez ese, como yo, solo está esperando a alguien que lo vea de verdad.
Hoy soy dueño de cuatro negocios pequeños, pero sólidos. Vivo en un departamento que todavía me parece un lujo cada vez que abro la llave del agua caliente. Y cuando me veo al espejo, ya no veo al loquito del centro… pero tampoco lo olvido.
Pasaron dos años. Ya no dormía en la calle. Alquilé un cuartito en la azotea de un edificio. Luego abrí un puesto más formal. Luego una tiendita. Luego otra. Me hice una rutina, una disciplina.
Un día me dijo: —Tú puedes vender algo. Tú entiendes las calles mejor que nadie. ¿Por qué no buscas qué falta aquí? ¿Qué podría necesitar la gente que tú puedas dar?
Eso me hizo llorar. Esa noche, por primera vez en años, lloré de verdad. No por frío, no por hambre. Por sentir que alguien me había visto de nuevo.